miércoles, 11 de enero de 2012

Reciprocidad.

Estoy encerrado en mi habitación, huele a ingenio. Soy marioneta de las horas vagas y veloces, del sueño de mi cama, esclavo de la música que suena de fondo, de la voz de Aretha Franklin. Muéstrame amor, un solo detalle o quiéreme como soy; la vida me trata mucho mejor de lo que debería, pues yo a ella la estoy ahogando. Tengo las manos apretando el cuello de mis días, estoy tras el futuro con cara de asco; su cara de inexpresión suscita mi ira, que se enciende y hace que no pueda apagar la vela. Quizás mañana pueda olvidarlo todo, vivir en las Bahamas, dormir contigo entre cuatro paredes, una de ellas de cristal, frente a la orilla del mar, y levantarme cada día un poco más tarde que tú, y que tú estés ahí de pie en ropa interior contemplando el mar con tu coleta alta. Tumbado pretendo girar la cabeza y no verte, ver en tu mesita de noche un buen libro... de Bukowski, por ejemplo. Estoy tratando de enseñarte lo especial, descubrirte mi mayor secreto; quiero compartir contigo el alma, la cultura, la educación y la lista de la compra. Vamos a volvernos locos juntos cualquier noche mientras paseamos de la mano, descalzos por la arena de la playa, entre las dunas inquietas de mi desierto mental. A ti te espero por si quieres venir a verme, nosotros ya nos hemos contagiado, estamos invadidos de modo recíproco.

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