martes, 24 de enero de 2012

Silencio

Me abstraía del mundo tumbándome sobre mi cama. Mi mirada estaba perdida en ese infantil techo estrellado. Mis músculos se relajaban en un estado catatónico. Simplemente sentía cada pulsación, percibía cómo mi sangre circulaba por mi cuerpo, desde la cabeza a los pies.

Pude haber permanecido en tal situación horas, quizás días de no ser porque tras haber recorrido cada pensamiento de mi mundo me percaté de algo escalofriante. Toda la casa residía en una tranquilidad flemática. Esa parsimonia ensalzaba mi inquietud interior. Mis pupilas se dilataban al compás del tic-tac del reloj de pared. Mis manos se agarrotaron de tal manera que pude experimentar la sensación de vejez que tiene un anciano al apenas poder mover sus dedos. La piel se me erizó y un tenue temblor recorrió gélidamente mis vísceras.

Por primera vez en mi vida, había sido consciente de lo imponente y estremecedor que era aquello que denominan los hombres el silencio.

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