Se acunaba en su mecedora. Sus manos estaban curtidas y las arrugas eran los ríos de la vida tatuados en la piel. Unos acordes de guitarra sonaban tenuemente. Cerraba los ojos, el calor de las tardes de verano era soporífero. Ya siendo anciana lo único que le quedaba era el recuerdo del pasado, porque ya no vivía el presente. Se había convertido en una de esas personas que ya no tiene ilusiones ni planes. Ese tipo de personas que carecen de vida y deambulan por el mundo esperando (o más bien desesperando) a que finalice su existencia.
El recuerdo invadía su cabeza. Veía aquella película, sé sabía los diálogos y las escenas. Recordaba a su madre dando el pecho a sus hermanos pequeños y cómo ella no tenía alimento que llevarse a la boca. Como su juventud la pasó trabajando de sol a sol en el campo y que 40 años más tarde acabaría maniatada a una silla de ruedas debido a su grave enfermedad. Recordar que su primer hijo se le murió a los pocos meses por causas desconocidas y que su marido la dejó por una mujer más joven y más atractiva. Una lágrima se precipitaba por aquellas desgastadas mejillas al repasar con exactitud aquellos momentos. Qué podía esperar, si la vida no la había tratado bien. Si lo único que tenía eran sus cigarros y el café.
No le quedaba nada, una vida malgastada en llantos. Nunca fue caprichosa, no le había importado no ser muy hermosa. Cuando era joven sabía que siendo bella o no, al final el envoltorio se desgastaba y que la verdadera belleza la captan muy pocos. No digo que no le hubiese gustado ser bonita, sino que para ella no era algo imprescindible. Tenía un cabello castaño que siempre se recogía a modo de trenza y ahora, siendo ya una anciana, seguía peinando así su pelo canoso. Siempre sonreía, crió a sus cinco hijos entre paréntesis fingidos, no quería negarles la felicidad. Nunca amó a nadie, ni a su propia carne. A pesar de tener hijos no los amaba porque eran sangre de su sangre. Se odiaba a sí misma por no haber podido tener un futuro mejor y no haberle echado cara a la vida. Sentía como perdía un pulso contra ella misma.
Cuando quedó sola una enorme paz cubrió su cuerpo, por fin nada ni nadie la perturbaría. Podría fumarse su cajetilla de tabaco en la terraza mientras veía a las vecinas pasear. Ella pensó que quizás ahora, cuando ya no le quedaba nada que perder, nada que pudieran arrebatarle conocería lo que era la felicidad. ¿Pero qué felicidad hallaría una mujer incapaz de amar? Una mujer que había perdido todas sus esperanzas, todos sus sueños. No lo sabía, pero empezó a envejecer por dentro el día que murió la más pequeña de sus ilusiones. Ella fue la persona más anciana que conocí en mi vida. Una mujer que su alma no había permanecido joven con el paso del tiempo, sino que había envejecido. Una mujer que se había resignado a acunarse mientras fumaba como cuando un niño se columpia saboreando un caramelo. Una mujer que no había encontrado la melodía. Quizás, irremediablemente, volvía al inicio. Se acunaba.
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